El tráfico aéreo de cocaína requiere una logística especial. Desde la elección de la aeronave y la planificación de la ruta hasta la selección de las personas que participarán de la operación y la función que cumple cada engranaje de las organizaciones dedicadas a este tipo de transporte.
El Cessna 210 Centurion se transformó en una de las avionetas preferidas por las organizaciones narco que operan en Sudamérica por una combinación de factores: velocidad, autonomía y capacidad de carga. Puede alcanzar velocidades superiores a los 300 kilómetros por hora y tiene una autonomía de hasta 1.600 kilómetros, suficiente para realizar vuelos de larga distancia sin necesidad de repostar combustible.
A diferencia de otros modelos utilizados en el pasado, como la Cessna 206, la 210 cuenta con tren de aterrizaje retráctil, una característica que mejora su rendimiento aerodinámico, le permite volar más rápido y reducir el consumo de combustible. También puede operar en pistas cortas o caminos rurales acondicionados, lo que facilita los aterrizajes en zonas alejadas de los controles oficiales.
Los especialistas explican que estas aeronaves tienen una importante capacidad de carga, especialmente cuando se reduce la cantidad de pasajeros. Esa característica, sumada a su autonomía y a la posibilidad de operar en zonas remotas, las convirtió en una herramienta utilizada por las organizaciones dedicadas al tráfico de cocaína. “La logística narco se perfeccionó. Hoy buscan más autonomía, más velocidad y menos exposición”, resumió un investigador consultado por LA GACETA.
Una cifra alarmante
Tráfico Aéreo Irregular (TAI) es el nombre técnico utilizado para identificar vuelos clandestinos vinculados con el transporte de droga, pasajeros y hasta productos químicos para fumigar campos. En el marco del Consejo de Seguridad Interior realizado en Tucumán en junio pasado, funcionarios nacionales informaron que, en los primeros seis meses del año, se detectaron más de 190 casos de este tipo, es decir, casi uno cada 36 horas. Sin embargo, es importante hacer una aclaración: de ese total, sólo se pudo comprobar que cinco estaban vinculados con el transporte de cocaína; el resto quedó catalogado como vuelos sospechosos o irregulares.
El dato permite dimensionar el fenómeno, pero también muestra una de las principales dificultades que enfrentan los investigadores: detectar una aeronave que vuela de manera irregular no significa necesariamente que esté transportando droga. Para establecerlo deben reunirse otros elementos que permitan determinar qué actividad estaba realizando y quiénes se encontraban detrás de la operación.
Fuentes del Ministerio de Seguridad de la Nación sostienen que este fenómeno responde, entre otros factores, al bloqueo terrestre implementado con el lanzamiento del Plan Güemes en la frontera salteño-boliviana.
En una entrevista realizada por Santiago Mendieta, el fiscal federal salteño Ricardo Toranzos aportó a LA GACETA más precisiones sobre el fenómeno. “Hoy vemos que ya no sólo bombardean, sino que las avionetas aterrizan en provincias del interior de Argentina. Esto implica un mayor riesgo, pero les permite ganar tiempo en la logística porque, una vez superados los controles fronterizos, pueden circular sin mayores verificaciones”, sostuvo.
“Aparecen así procedimientos de 300 o 400 kilos en avionetas que aterrizan en campos o rutas del interior de las provincias. Esto significa que invierten más en corrupción para blindar el contacto físico entre el piloto y el receptor”, destacó.
El representante del Ministerio Público también describió parte del funcionamiento que, según las investigaciones, tienen estas organizaciones. “Por causas judiciales y GPS secuestrados, sabemos que captan pilotos jóvenes en Santa Cruz (Bolivia), utilizan avionetas muchas veces robadas con matrículas duplicadas, buscan la droga en el sur de Perú o el norte de Bolivia y luego ingresan al territorio argentino”, explicó.
“Si bombardean en zonas como Anta o Rosario de la Frontera, tienen autonomía para regresar sin aterrizar. A partir de ahí surgen múltiples rutas hacia el noreste —Chaco y Corrientes— para salir por Brasil o Paraguay, o hacia el sur, por caminos provinciales de Santiago del Estero, Tucumán o la ruta 34, que funciona como eje troncal”, concluyó.
Un fenómeno que dejó de ser una sospecha
Los 190 vuelos irregulares detectados durante los primeros seis meses del año permiten dimensionar la magnitud del problema. Pero los cinco casos en los que se pudo comprobar el transporte de cocaína muestran otra realidad: detrás de algunos de esos vuelos existen organizaciones capaces de conseguir aeronaves, pilotos, cargamentos de droga y apoyo en tierra para completar las operaciones.
Los procedimientos realizados durante este año en Salta, Tucumán y otras provincias del NOA también muestran que el tráfico aéreo ya no se limita al ingreso de droga desde Bolivia. Las aeronaves pueden utilizarse para trasladar los cargamentos hacia distintos puntos del país, donde otras personas se encargan de recibirlos y continuar con la distribución.
Para los investigadores, el desafío ya no consiste solamente en detectar una avioneta que cruza la frontera. El objetivo es identificar qué organización está detrás, quién recibe la carga y cómo se mueve el dinero que genera el negocio. Porque, una vez que la cocaína llega a tierra, comienza otra parte de la estructura criminal: la distribución y el lavado de los fondos obtenidos con su comercialización.